No temas

   La noche había caído y yo fingía dormir. Las hojas bailando al viento hacían de la oscuridad algo tenebroso. Los miedos afloraban y me acechaban. La puerta se abrió y la luz creó grotescas sombras que intentaban capturarme. Primero oí los pasos. La silueta coronada por aquel sombrero de ala ancha llegó después. La sombra se hacía cada vez más grande. Con suavidad se quitó el sombrero y se sentó en la cama.

   —No temas.

   Sus labios calientes se posaron en mi frente. Temblaba. No quería. Sabía que era doloroso, que gritar no servía. Lo había vivido muchas veces.

   —Tranquilo.

   Las lágrimas se escaparon de mis ojos. Forzaba todos mis músculos en un intento vano de echarlo. Me acarició la cabeza. Otro beso. Era la señal.

   —Toma la medicina, hijo.

   Cogió el sombrero y salió despacio, maldiciendo a un dios capaz de arrebatar cruelmente la vida de un niño.

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